Esta semana quiero compartir una historia que tiene más de 56 años; desde que tengo memoria que he visto el alfiletero de mi mamá junto a su máquina de coser, un pequeño sueco de madera, un poquito roído en un costado.
En una visita de mi primo mayor este sábado supe la historia del pequeño alfiletero, ella en gesto de cariño lo sorprendió y se lo regalo, se dieron un cálido abrazo. El alfiletero lo había hecho su abuelo, un Sueco que desembarco en Punta Arenas hace más de 70 años, cuando el puerto de la ciudad era el más importante entre el Atlántico y Pacífico, este marinero con carisma de artesano sembró su familia en Magallanes, contaba mi primo que cuando el era niño jugaba con aviones de maderas que asemejaban a los de la Segunda Guerra Mundial, su abuelo también tallaba mariposas en la madera y por supuesto hacía barcos sobre todo veleros.
La razón por la que cuento esta historia es porque me pareció que traía todo lo simple y pujante de la gente de mi ciudad y también, por qué no, el sentido de los que objetos que guardan cariños ocultos, tiempos que no volverán, la niñez, ese afán cachurero de aquellos ya mayores y otros no tanto que tienen una forma de evocar su pasado en pequeñas cosas como el Sueco de madera, más que un simple alfiletero, un objeto con su historia grabada en el tiempo; lo roído en un costado fueron los dientecitos de su hermanita que ya tiene por supuesto 56 años.
